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NO SE CUANDO

No se cuando, pues no retuve la fecha, pero si recuerdo que era un día claro, con nubes blancas en el cielo, las vi mientras me hablaba, oía, más, no quería escuchar lo que estaba entendiendo, ello era inevitable ¿estaba escrito? ¿así tenía que ser?. Si por mi fuera, oh, Dios, ese momento nunca hubiera llegado. Pero así fue, llegó, estuvo allí, sacudió mi cara, me tomó entre sus brazos, me lo dijo ¿todo? – Quizás no. Y de paso me inquirió si lo había oído y más aún si lo había entendido. Sólo pude decir si, total, nada más podía responder, solamente un si y con ello aceptar lo que a continuación vino por añadidura.

El tiempo transcurría como siempre, desde el principio, en aquella ciudad signada por la historia a cumplir su papel de forma silente, inmutable. El sol, el calor, la lluvia, los mosquitos, la gente que va y viene. De una u otra forma se dejaba querer y odiar, quizás su acondicionamiento era el motivo por el cual despertaba encontrados sentimientos. Estaba allí para servir de ciudad, de la ciudad donde se sucederían los casos para cada uno de sus habitantes, donde se graduarían, casarían, nacerían, morirían, trabajarían, tendrían su primera relación sexual o la última. De allí, nada más.

El pensamiento era incesante, una cosa tras la otra se intercalaban con la misma idea, con el mismo pensamiento, una y otra vez aquél martillante timbre de voz repetía una y otra vez aquella decisión, el rostro, sus bigotes, cuando se agachó para darle un beso, su mirada la cual esquivaba en cada momento, quizás porque cuando le miraba él también apartaba su ojos, normalmente hacia el suelo, como queriendo justificarse. ¿Qué será de ahora en adelante? ¿Qué pasó? ¿Por qué?. Los amigos. Los estudios. ¿Donde están las lágrimas? ¿Por qué no estoy llorando?. Asustado, aterrado también, con el miedo jugando en todo su cuerpo, cada centímetro en estado máximo de alerta. Oh, Dios, ¿Qué haré? ¿podré hacerlo? ¿Quién me ayudará?.

Mientras, en alguna otra parte se sucedía otra cosa, miles de cosas, para otros y otras, las mismas preguntas quizás y también sin respuestas, ante ello o sin importarle, mejor dicho, las aves silbaban sus voces entre las ramas de un árbol mientras otras, en pleno vuelo, se gritaban sus quejas por haber invadido su territorio, o expresaban sus súplicas salpicadas de sexo que instintivo o no, practican impúdicamente ante la mirada pasiva de una hormiga que fortuitamente pasaba por el lugar. En la calle los autos circulaban conducidos por otros pensamientos, por otros motivos, por otras circunstancias. Aún así, entre pensamiento y pensamiento, entre dolor y pesar, el silencio se dejaba escuchar con su aterradora carga de verdad.

Quiso parar el tiempo y volver al pasado donde las sonrisas, donde el abrazo lleno de cariño, donde la mano atenta, donde la palabra amorosa enseñaba. Quiso creer que nada estaba pasando, que lo oído pocas horas antes era mentira y como siempre solo había salido y volvería después, ebrio, dando traspiés, haciéndose el hombre feliz. Quiso creer en eso y hasta lo creyó y esperó. Esperó tanto, pero tanto, que se le fue la vida, que se le acabaron los días, que se le terminaron las esperanzas. Todo lo que ella le dijo poco sirvió en esos momentos, ella también estaba golpeada, pero era otra historia que no quiero relatar. Sus caricias llegaron tarde, sus besos fueron sobre canales secos en la piel del rostro que mostraba una triste figura, dolida, confundida, llena de miedo. Sus palabras entraban y salían de su mente a la velocidad de la luz y aún así tenían eco, - No, no, no, te, te, te, pre, pre, pre, ocupes, cupessss, upesss. Otra lágrima se asomó y deslizó por su mejilla, la sintió pesada, como si fueran mil lágrimas en una, como si arrastraran millones de penas de una y mil vidas. La mano que acariciaba su pelo, una y otra vez, calmaba a ambos su dolor. Poco a poco el tiempo fue pasando y la inefable realidad ocupó su espacio. No es mentira, todo es verdad ¿por qué?, no lo sé y aunque lo supiera qué importa ya. Total, todos tenemos la culpa.

Sólo, en la cama de un pequeño cuarto que parecía una celda fría llena de fantasmas hirientes y soberbios que no dejaban de reír. Allí, boca abajo, boca arriba, de lado, con la almohada apretada entre su pecho como sustituta presencia de la compañía del amor que ahora siente lejos, ido, negado a él. En ese momento, se cerraron sus ojos y el imperio de los sueños vino en su ayuda. Lo llevó donde nadie más puede llevarlo y allí encontró nuevamente la sonrisa, allí retomó el juego, allí sus labios se juntaron otra vez con los labios de un hermoso pelo castaño claro y angelical mirada. Tomó sus manos y acarició su mejilla, la abrazó fuertemente contra su pecho y le transmitió todo su sentimiento el cual atravesó sus huesos y brotó por la piel hasta encontrarse con su esencia y allí, solamente allí, halló la paz.

Las luces de la ciudad ya estaban encendidas, los moradores en sus casas, uno que otro perro ladraba su envidia o rabia a un pícaro o indiferente gato que a ochenta centímetros de sus narices se paseaba por un muro que lo llevaría hasta un techo y de allí, perderse entre sus pensamiento felinos. En la distancia, quizás, un ratón ya le habría visto por la rejilla de una pared y temeroso se devolvía a su cueva.

El dorso se incorporó lentamente hasta considerar su cuerpo sentado, pesado como una piedra pesada, aún aturdido y confundido. Sus manos sostuvieron su cabeza que se reposó en ellas para seguir pensando y recordando y preguntándose las mismas preguntas y escuchándose las mismas faltas de respuestas. Volvió a escuchar su nombre y se dio cuenta que le molestaba. Antes no, reflexionó por un momento, pero qué importaba el antes, si este había muerto. El ahora era lo único que existía, el frío e inmovible ahora. Otra vez su nombre en el aíre le hicieron incorporarse sobre sus pies y notó que estaban débiles así como que estaba despierto, que lo sucedido no era un sueño, que aunque no quisiera, era verdad. Un suspiro vino junto con un pensamiento que como brazada buscaba salir a flote en este tempestuoso mar emocional donde se encontraba a la deriva. Algo de aliento encontró pues dio un paso que le pareció eterno. Entonces comprendió que podía andar y esto le produjo otro pensamiento, así dio el segundo paso y con el la noción del movimiento, y otro paso, comprendió el equilibrio, otro paso, detectó el destino, otro paso, se abrieron los caminos. Así se sentó a la mesa, el color del rostro había vuelto, incluso una sonrisa se mostró sincera y amplia, llena de afecto y amor. Miró y no obtuvo respuesta, habló y no encontró eco. Miró a su alrededor y vio la sala, las paredes, el techo. El latido en su corazón se sintió por primera vez. Llevó la mano a su pecho para escucharlo. Si estaba allí. Volvió su mirada sobre los ojos de otros hermosos cabellos negros, ondulados, sobre las cejas pobladas, sobre la tez blanca de gordas mejillas y boca pequeña y vio un rostro vacío, lleno de tristeza y temor, y dolor, mucho dolor. Entonces pensó: - Así debo verme ahora. Después se preguntó: ¿así debo verme ahora?. Su mano tomó el tenedor y notó que no tenía hambre y recordó las palabras que no quiso escuchar: - Debes cuidarla, ahora eres el hombre de la casa. Un nudo se le hizo en la garganta y tragó cientos de reflexiones, las cuales no tuvieron valor ante la orden que como un pedido se le había formulado. Entonces alargó su mano, tomó la de ella y le dijo: No te preocupes, yo estoy aquí y te cuidaré, ahora soy el hombre de la casa. Ella, sorprendida, volteó y le miró. Las lágrimas que tanto había ocultado, tomaron su cause y el rostro se convirtió en un llanto, esta vez se mezclaba la alegría y la tristeza, el dolor y la satisfacción. Se pararon, se abrazaron y después de un intercambio de sonrisas, el apetito se hizo presente y con él las esperanzas, el orden en las ideas, la dulzura en los gestos y las palabras. Entonces se encontraron y notaron que juntos debían estar, que se debían apoyar.

Después de la cena ella se entregó a preparar sus cosas para el trabajo del día siguiente, él. Por su parte, ordenó sus libros y repasó las clases. Antes de acostarse rezó como hacía tiempo no hacía y pidió a Dios las fuerzas para lograr cumplir con su nueva tarea: Ser el hombre de la casa. Así se entregó a la noche con la esperanza del nuevo día el cual vendría presuroso con su carga de sorpresas.

De él nunca supo donde fue después que se despidió, pero si supo lo que sintió cuando años más adelante le contó lo que había sentido ese día y cuando le explicaba los motivos que le llevaron a tomar esa decisión. Pero esto, también, es otro cuento que no quiero contar.

Un día, en otra mañana, también clara y con nubes blancas en el cielo y mientras la gente andaba de un lado para el otro, cuando los autos cruzaban las calles o se estacionaban, recordó aquél momento y pensó que siendo ya mucho el tiempo que había pasado, era hora de evaluar si había cumplido su tarea. Entonces se buscó y después de encontrarse entabló una larga, larga, pero larga conversación, la cual se paseo por el antes y después de lo creado, se fundió con lo que había y no sentido, se enfrentó a sus deseos y sentimientos, se entregó a sus dudas y temores, se levantó por sobre el cielo hasta encontrar el tiempo y darse cuenta que en ese espacio estaba sentado mirándose con una sonrisa en el rostro y la cara le mostraba una mirada transparente donde se podía leer su nombre, entonces lo leyó completamente, cada una de sus letras y con ellas cada uno de sus números, entonces cerró sus ojos y le dio a sus pensamientos la libertad de la existencia, entonces nada malo era, entonces nada bueno había sido, entonces solo había el ser y el que debía, de allí en adelante.

Cayeron las férreas corazas de acero reforzado con que se simulaba defendido el mal. Las trompetas sonaron entregadas a la plenitud del espacio y acompañadas con la libertad del viento se dejaron ir en el horizonte de cada punto cardinal, a su paso, las personas seguían su rumbo, las aves su trinar, los microscópicos seres que antes, disfrazados de la voluntad de un dios castigador, seguían sus cursos y el bien; como siempre estaba al lado, adentro y afuera en cada lugar, en cada tiempo, en cada forma y figura. Entonces vio su rostro nuevamente y no tuvo miedo, entonces tomó su mano y se dejó llevar con la amplia sonrisa en los labios por el sendero adornado de flores y espinas, donde llueve y truena, donde se vive y se muere, donde se llora y se ríe, donde hemos llamado vida y calificado de bien o mal.

Nicolás Díaz --- Jueves 06 de Julio del 2000 - 07:01 p. m.

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